Luis Oporto Ordóñez
El Heraldo fue fundado en Cochabamba el 13 de abril de 1877 por Francisco Velarde, gerente propietario, quien lo concibió como un hebdomadario que salía los jueves, “un periódico que se pone al servicio de los intereses nacionales y departamentales”, con corresponsables en La Paz, Santa Cruz, Sucre, Potosí y Oruro. Asume la responsabilidad de “llenar una necesidad imperiosamente reclamada en Cochabamba. El comercio, la industria, la agricultura, la instrucción (…) demandan un órgano de publicidad constante, que sirva de válvula de respiración y de eco a esas múltiples necesidades”.

De la misma manera afirma que en “las cuestiones de interés general, las que afectan al porvenir y prosperidad de nuestra Patria ó su sistema económico exigen también una especial y preferente consideración de parte de Cochabamba, a fin de que su voz sea atendida en lo que vale en las resoluciones de la comunidad boliviana”. Enuncia que “se pone al servicio de toda idea elevada, de toda aspiración patriótica, venga de donde viniere”. Se declara “tolerante y liberal por convicción. Será el publicador de todo cuanto interese al país, el pregonero del comercio, el estimulador del funcionario público, el censor de lo malo y el registro del movimiento administrativo, judicial, agrícola, mercantil y de todo lo que concierna a la vida común”. Invoca “a las autoridades administrativas, judiciales y de instrucción, a los administradores del hospital y establecimientos públicos, se sirvan pasarnos todos los datos y cuadros que manifiesten el interés de los intereses públicos para su inserción en el periódico”.
Su primera edición fue organizada en una ‘sección política’, en la que se hace un análisis crítico del Reglamento Electoral. En su sección ‘Revista de la Prensa’ comenta las novedades de El Ferrocarril, La Gaceta del Sud y El Correo de Bolivia. En ‘Revista Comercial’ enjuicia el movimiento económico y comercial de Santa Cruz, la circulación de monedas del Banco Nacional, el movimiento comercial desde y hacia Tacna. Con el título de ‘Calamidad’ fustiga la decisión del Gobierno de extender una vía férrea de La Paz al Lago.
Comenta la publicación ‘Introducción a las obras de Casimiro Olañeta’, de Manuel Campero. En ‘Ilustres viajeros’ se refiere al viaje de James Orthon y Edwin Heath, que exploran el río Beni en su confluencia con el Madidi y el Mamoré. Exultan su sentimiento íntimo sobre el país y sobre los indígenas: “Desde Gibon y d’Orbigny, ningún viajero científico ha penetrado la hermosa hoya del Mamoré y Beni. La empresa es arriesgada por el peligro que presenta la ascensión del río Beni, cuyas márgenes están pobladas por hordas salvajes, y difícil por las cachuelas que hay que superar, cuyo número y extensión es desconocido. El río Beni recoge y se alimenta de las aguas que descienden de las provincias de Yungas, Inquisivi, Ayopaya, Larecaja y Caupolicán, cinco provincias que constituyen un emporio de riquezas y cuyo desarrollo será inmenso, el día que puedan mandar sus productos por esa arteria natural llamada Beni”.
A través de telegramas, su ‘Crónica del Exterior’ informa de la muerte de Juan Manuel Rosas, “el antiguo opresor de Argentina”. La ‘Crónica Interior’ trata temas de interés nacional: acciones de la Prefectura cruceña contra la fuerza de 500 hombres de Andrés Ibáñez, el líder de la ‘Revolución Igualitaria’ y anuncia la rendición de Carrasco y Rivera-Quiroga, que con 40 hombres tomó el mineral de Corocoro.
En su sección ‘Crónica local’ dedica su interés a caracterizar al “cronista de raza, el cronista indígena”, al que califica como “acre, mordaz, punzante, producto de dos climas extremos: el cronista de La Paz y el cronista de Cochabamba. Es el Mephistófeles de la prensa que se filtra al través de las murallas, se introduce en los Tribunales de Justica, revisa autos, sentencias y cuenta el número de causas despachadas. Es el diablo íncubo que se encarama a los empolvados estantes de las Notarías, compulsa protocolos y comprueba la foliación de los registros. Fígaro curioso, intruso, novelero, charlón, fantasma del barrio y espanto del policía; que todo lo sabe, todo lo ve y todo lo cuenta a los suscriptores de El Heraldo”.
En una curiosa sección de ‘avisos locales’, proporciona datos interesantes sobre el servicio de correos establecidos en La Paz, Oruro, Potosí, Sucre, Tarija, Santa Cruz, Beni, el Litoral y el exterior y el servicio de diligencias a Tarata, Cliza, Punata y Arani, “sale a las 7.30 am y llega a las 3 pm, y a Quillacollo, sale a las 7.30 am y llega a las 7 pm”.

Afín a los conservadores y a Chile
Su edición del 18 de noviembre de 1879 informa sobre el desarrollo de la Guerra del Pacífico: “Las fuerzas del ejército aliado se hallan ya reconcentradas en un punto conveniente del Departamento de Tarapacá, frente al enemigo y dispuestas a presentar el combate definitivo en defensa del honor y de la dignidad nacional” y expone el cuadro de las Fuerzas Aliadas. Suman 13.000 plazas, situadas en Pisagua, Hospicio, Alto de Mejillones, Aguja Santa, Iquique, Molle, San Juan, San Lorenzo, Pozo Almonte, La Noria, Pica y Huatacondo. Bolivia: batallones (Victoria, Independencia, Aroma, Vengadores, Loa, Dalence, Paucarpata, Illimani, Olañeta y Nacionales de Bolivia), regimiento Húzares de Bolívar y el escuadrón de francotiradores. Perú: Guardias Nacionales de Pisagua, Iquique, Pica; cazadores de la Guardia; columna naval, de cazadores, de Tarapacá, de honor; batallones: cazadores, de Tarapacá, 2 de mayo, Zepita, Ayacucho, N° 8, Puno, Lima; regimientos: Junín y Guías; brigada de artillería.
Entretanto, la vida continúa inalterable: Belisario Peró, de la Compañía Huanchaca de Bolivia, solicita el préstamo de 50 mil pesos fuertes al gobierno, que amortizará anualmente 2000 pesos sin intereses, para tender una línea telegráfica de 120 leguas desde Tupiza hasta Sucre, pasando por Huanchaca, Guadalupe y Potosí.
Durante su trayectoria, El Heraldo de Cochabamba fue adicto a los conservadores y afín a su postura frente a Chile en posguerra. Cuando se suscribió el nefasto Tratado con Chile, publicó el 10 de diciembre un mensaje cargado de excesivo pragmatismo, rayano en el cinismo.

“La paz está aprobada. Tenemos puerto; podemos respirar libremente. Nuestro comercio es independiente; penetrará con él en nuestro vasto territorio el progreso en todas sus manifestaciones”. Se le sumó en esa campaña insana, ‘La Razón’ de La Paz (1886), que fue calificada como “órgano de unos cuantos empleomaniacos y muertos de hambre”. José Carrasco, desde ‘El Comercio’ de Cochabamba, denunció “la indignación que causó El Heraldo, que, con toda algazara, con tanta alegría, hurras y vivas, ha festejado la pérdida del Litoral boliviano”.
El Tío Camorra desnudó la naturaleza de la prensa oficialista: “El Patriota cumple bien su misión de enaltecer al amo. Es muy astuto, asegura muy tunante que Don Severo es diamante; añaden otros: “en bruto”. El Heraldo veterano miente y adula por diez; es un necio casquivano a pesar de su vejez”. El Siglo XX fue lapidario: “El Heraldo, este mentiroso, viejo, caricatura de Sileno, ayo del niño Alonso, viene insertado sus imposturas de costumbre. Cada periódico miente como quiere, o como puede. Algunos hay que causan asco por su crónica manía de faltar a la verdad, enredando imposturas escandalosas, y ese conjunto de superchería, no debe pasar a la posteridad. Veamos cuál es el grado de su verdad, y para apreciarla no podemos dejar de ser liberales; pero no somos sectarios. La prensa liberal miente, miente mucho alguna vez, sin poseer gracia ni memoria para zurcir mentira… pero y la prensa oficial… Oh Mariquita, Bonita sois, tú, la castellana”.
El 29 de julio de 1932, ya al final de su existencia, informaba de la guerra librada en el sudeste afirmando que “no hay novedades en el Chaco. Patiño contribuirá a la defensa nacional”.
