Detrás del Salar de Uyuni, rodeada de árboles de olmo y algunos otros arbustos intrépidos que se adaptaron al clima árido está la comunidad Santiago de Chuvica, del departamento de Potosí; ahí viven José Calcina y Luisa Quispe, quienes unieron sus vidas hace más de 50 años. El lugar es frígido, solo habitan cerca de 50 familias cuyas moradas están dispersas en esa tierra seca donde solo la quinua se anima a florecer. Su historia no es distinta a todas las personas que se dedican a labrar los suelos, está marcada por el esfuerzo y la lucha diaria, pero sobre todo por el amor.
Después de la Revolución de 1952, año que marcó el panorama político del país, surgieron varios movimientos de izquierda que planteaban medidas más justas para los sectores desfavorecidos; entre ellos, los campesinos. Sin embargo, dos décadas después la inestabilidad llegaría al país. Todo empezó después del asesinato de Juan José Torres y la toma arbitraria del poder de Hugo Banzer (1971). Así se inició una de las etapas más oscuras para el país. Ante ese panorama, el sector indígena quedó relegado, las tierras todavía no les pertenecían. La Ley de la Reforma Agraria se retrasó, lo que causó el latifundismo, principalmente en el oriente boliviano. Los servicios básicos tampoco llegaban, en las áreas rurales faltaban agua, luz, salud y educación.
Don José Calcina recuerda que, a comienzos de los 70, la comunidad carecía de los servicios esenciales para sobrevivir, pero sobre todo de médicos. Fue así que en 1974 la Cooperación Belga llegó hasta la provincia Nor Lípez, Potosí, para brindar ayuda relacionada con las prioridades locales: salud, educación, entre otras.

“Vinieron padres y monjas belgas, quienes nos enseñaron primeros auxilios y el uso de instrumental quirúrgico, me convertí en promotor de salud. En ese entonces nadie se animaba, pero yo estaba decidido”, recuerda.
Las enseñanzas que recibió, junto a otras dos personas, le permitieron detectar enfermedades y medicar a quienes lo necesitaban. Sin embargo, el trabajo no era nada sencillo, las casas estaban muy alejadas y para visitar a los enfermos que requerían atención o de medicamentos tenían que trajinar grandes distancias. Al principio, lo hacían a pie, luego con bicicletas, después les proporcionaron una moto.
“Aprendí a colocar suero, diagnosticar enfermedades, hice curaciones, no fue fácil, pero siempre me gustó aprender y participar”, cuenta mientras explica que convertirse en actor también fue un desafío del que no quiso privarse.
Mientras la desnutrición, enfermedades respiratorias, diarrea, entre otras, atacaban con mayor rigor a comunidades alejadas de Bolivia, el trabajo de don José se incrementaba. Por ello sostiene, con orgullo, que entregó todos sus esfuerzos para atender a la gente que necesitara de sus servicios.
“Creo que, junto a un equipo, atendimos el 80% de la provincia Nor Lípez, hice todo lo posible por cuidar a nuestra gente. No había médicos ni para vacunar, venían de la Unidad Sanitaria de Potosí, (actual Sedes), pero no abastecía. Ahora es muy distinto, hay médicos en cada comunidad, incluso tenemos dentista, pero antes el trabajo era más duro, entre nosotros nos teníamos que cuidar”, rememora.
Tiempos buenos
Luisa Quispe nació en la comunidad de Calcha, que se encuentra ubicada en la provincia Nor Chichas del departamento de Potosí. Recuerda que sus abuelos le contaron que en tiempos pasados su territorio estuvo habitado por la etnia de los chichas, una antigua cultura que fue conquistada por el imperio inca.
De su niñez, pocos momentos se le vienen a la memoria, entre algunas imágenes que se niegan a perecer están los bordados multicolores que observaba lucir a las mujeres que eran enamoradas por hombres que lucían galantes con hermosos ponchos tejidos de forma artesanal.
En esos años todavía la tierra producía, había suficiente agua y se podía criar a muchos animales. En una de esas primaveras, verano, otoño o invierno (no importa la estación cuando uno se enamora) conoció a José, al poco tiempo unieron sus vidas.
Luisa Quispe y José Calcina tenían 23 años cuando se casaron, fruto de esa unión tuvieron seis hijos. El clima en Santiago de Chuvica siempre fue inestable y la tierra árida, pero años atrás la familia, recién formada, podía sembrar algunos alimentos más.
El tiempo no solo se llevó su juventud, sino la fertilidad de la tierra y el agua, que aún no falta, pero amenaza con desaparecer. Sus hijos, al crecer, abandonaron el lugar donde fueron criados. Pasaban los años y, con ellos, cada uno seguía su camino. En aquella casita de adobe y techo de paja solo quedaron los dos, como al principio, como suele suceder.
No importa las adversidades, Luisa agradece que la tierra se apiade de ella y de los comunarios de su región y produzca “por lo menos quinua”.
“La vida es muy triste, solo sembramos quinua y crece un poco de papa, así vivimos en este tiempo. Plantamos también cebolla, zanahoria y haba, pero solo florece de abril a mayo”, cuenta.
A la pareja de ancianos septuagenarios les entristece hablar de su hogar, a veces quisieran dejar aquel clima seco que les da un sol extremo de día y un frío intenso en las noches. Pero cuando miran hacia atrás, en esas tierras agrietadas yacen recuerdos gratos y otros no tanto, como un libro que contiene extractos de su vida. Entonces lo piensan, sobre todo cuando escuchan a sus hijos decir: “Qué hacen ahí, ya no hay vida”. Pero ellos son y pertenecen a aquel lugar, aunque se esté muriendo.
“Nos da pena nuestra casa, es nuestro terreno, todo está ahí”, sostiene Luisa cuando habla sobre la posibilidad de abandonar aquel lugar.
Don José confesó que buscó otro sitio donde vivir, pero le es difícil dejar su hogar que tantas alegrías y tristezas le dieron.
“Tengo mi casita, mi terreno, eso no puedo dejar, me da pena. Antes tenía más animalitos, chivas, llamas, ovejas, pero ahora no tengo ni un burro. Poco a poco se fueron muriendo poco llueve y no hay pasto para que coman los animales y se mueren de flacos, solo sembramos un poco de quinua, de eso vivimos”, dice.
La propuesta
En 2017, Alejandro Loayza imaginaba una historia de amor entre dos ancianos en el altiplano boliviano. En ese entonces, colaboraba con la dirección de fotografía en el documental Planeta Bolivia, dirigido por su padre, Marcos Loayza. El proyecto los llevó por distintas regiones del país. En ese trayecto observaba las dificultades que afrontaban las personas que vivían en las áreas rurales. Esos elementos fueron importantes para crear la historia que ya tenía en mente, su ópera prima Utama.
Cuando ya contaba con el guion fue en busca de los protagonistas de su historia, recorrió por varias comunidades de Colcha K, conversaba con todos los ancianos que veía, les preguntaba si se animaban a actuar, incluso hicieron un casting para hallar a la pareja perfecta, cuenta el productor Santiago Loayza.
“Mi hermano quería que los personajes sean de la comunidad y no descansó hasta encontrarlos”, expresa.
Conoció a Luisa y José, por casualidad, los vio mientras conducía. Aquellas dos personas eran tal y como los había imaginado, detuvo el coche y se aproximó. Les tomó algunas fotografías conversó con ellos, pero se negaban a participar en su película.
Don José vio a lo lejos un auto del que salieron dos personas, ambas llegaron de la nada, se presentaron como Alejandro y Santiago, les comentaron que estaban buscando comunarios para participar en una película.
“Dijeron que recorrieron toda Colcha K buscando gente que quiera participar de su película. Nos preguntaron si podríamos participar, ‘piénsenlo’ nos dijo y después de dos días regresaron, nosotros aceptamos”, relata.
Una vez que comenzó la grabación Luisa y José se pusieron a estudiar el guion. Fueron noches enteras y días en los que amanecían para memorizar el libreto.
“Fue sacrificado el trabajo, estudiábamos por las noches, nos levantábamos temprano, caminábamos por distintos lugares, todo hemos hecho. Bien ha sido, me gustó actuar, hablar, hacer los diálogos como en la escuela era”, bromea José.
Luisa Quispe y José Calcina fueron reconocidos por el municipio de Colcha K, por su trabajo como actores en la película Utama al igual que el director Alejandro Loayza.
Entre una que otra broma comentan que jamás pensaron en protagonizar una película, su vida estaba dedicada a la agricultura, el campo, su hogar. Ambos dicen estar contentos por el éxito de la cinta, pero saben que cuando todo quede en el olvido todavía tendrán su pequeña parcela de tierra, donde la quinua aún florece.
“Tengo todavía muchas historias que contar”, dice José al finalizar la conversación. Mientras Luisa agrega: “Así nomás es nuestra vida”. || AEP
