POR: RUFO MORENO
El pasado lunes, dentro de la presentación de la Comisión de la Verdad, una de las autoridades que componen esta comisión fue la directora de la Agencia Nacional de Hidrocarburos (ANH), Margot Ayala, quien indicó que, cuando era funcionaria del área de hidrocarburos durante el gobierno del MAS, presenció varias irregularidades que no denunció por temor a represalias. Sin embargo, lo que llama la atención de esta conferencia es que Ayala reveló que trabajó 10 años en las anteriores gestiones y aseguró que los funcionarios vivieron un “terrorismo de Estado”.
Después de la conferencia, llovieron muchas críticas; tanto así, que se sumaron los pedidos de renuncia o de que el presidente Rodrigo Paz la aparte del gobierno. Era por demás obvio que, en esta coyuntura, afirmar haber trabajado tanto tiempo dentro del gobierno pasado no la hace crítica, sino cómplice.
Esta situación complicada por la que atraviesa Ayala podrá resolverse en los próximos días, dependiendo de la presión que se ejerza para desvincularla de su cargo y, en el último de los casos, ser también investigada por haber revelado que fue funcionaria pública durante tanto tiempo.
Como comúnmente decimos dentro de la jerga urbana y popular, o tal vez hasta del hampa boliviano: “Chitón nomás, directora”; es decir: silencio, calle, guarde el secreto, no se complique, no hay necesidad de autoflagelarse; tenga discreción y no hable sobre algo que le va a traer problemas. En el peor de los casos, el mensaje que ella quiso mostrar fue victimizarse, pero le salió el tiro por la culata. Ahora es ella quien está en el foco de la tormenta y presenciando las consecuencias de la imprudencia de sus afirmaciones.
En este caso, dentro de la comunicación política existen tiempos y contextos para referirse a ciertos temas. Comprender los escenarios en los que desarrollamos nuestras declaraciones evita que seamos objeto de juicio y, por el contrario, permite que seamos voceros que reflejen o transmitan el sentir popular.
Haciendo referencia a Robert Greene, en sus 48 leyes del poder —particularmente en la Ley N.º 4, que indica “Diga siempre menos de lo necesario”— se señala textualmente: “Cuando intente impresionar a la gente con palabras, tenga en cuenta que, cuanto más diga, tanto más vulnerable será y tanto menor control de la situación tendrá… Cuanto más hable, mayor será el riesgo de decir alguna tontería.”
Es innegable que, dentro de la era digital, algunos contenidos, discursos o mensajes pueden viralizarse rápidamente: se convierten en reels, TikToks, y generan corrientes de opinión o reacción de diferentes personajes dentro de las redes. Por eso, se debe guardar cierta prudencia y tener muy claros los mensajes precisos, cortos y concretos.
A veces el silencio hace incomodar a otras personas, y cuando uno dice lo necesario parecerá inevitablemente más grande y poderoso de lo que aparenta.
En el mismo libro de Greene hay muchos ejemplos de personas que por hablar demás habían sido hasta colgados perdido sus diferentes cargos jerárquicos dentro de las estructuras de poder.
Con este impase seguramente tendrán muchas más reflexiones sobre la prudencia y la necesidad de precisión, articular una estrategia protocolo de comunicación para marcar una agenda que haga llevadera la gestión y resaltar logros en ves de traer problemas al ya desgastado primer mes de gobierno de Paz.
