Sucre, 7 de abril (ANV).- El investigador y comunicador Carlos Macusaya ha expresado una serie de cuestionamientos en torno a la tesis doctoral de la antropóloga boliviana Juanita Roca Sánchez, publicada en 2024 bajo el título “Bolivia y la construcción del Movimiento Indígena Global: Antropología, desarrollo y transnacionalismo (1930-2023)”. El texto, elaborado en el marco de sus estudios en la Universidad de Ámsterdam (Países Bajos), ha sido objeto de una extensa crítica que apunta a imprecisiones, falta de fuentes primarias y afirmaciones no verificadas.
Macusaya concentra su análisis principalmente en el capítulo cinco del libro, que aborda el indianismo, el katarismo y la figura de Fausto Reinaga. Desde su perspectiva, la obra carece de la rigurosidad esperada en un trabajo doctoral. “Se le deja al lector la tarea de armar la idea”, afirma al referirse a la falta de claridad conceptual en la construcción de la noción de “indigeneidad global” que desarrolla la autora.
Uno de los puntos centrales de la crítica es la interpretación que hace Roca sobre los orígenes del indianismo. Según el análisis de Macusaya, la autora sitúa el surgimiento de esta corriente a partir de la Declaración de Barbados I (1971), lo que para él resulta insostenible por la ausencia de una conexión directa entre este documento y las ideas indianistas desarrolladas por Reinaga y otros actores políticos en Bolivia. “¿No era necesario revisar también minuciosamente los documentos indianistas para evidenciar, si fuera el caso, que derivan de la Declaración de Barbados?”, se pregunta, cuestionando la metodología empleada.
Macusaya también cuestiona la afirmación de Roca respecto a la influencia de financiamiento internacional en la decisión del Movimiento Indio Tupaj Katari (MITKA) de participar en las elecciones de 1978. Para el autor, esa afirmación se basa únicamente en una referencia indirecta a Diego Pacheco, quien a su vez no provee evidencia documental. “Roca se apoya en algo para lo cual Pacheco no ofrece ninguna evidencia. ¿Un descuido?”, señala.
En otro tramo de su crítica, Macusaya pone en duda la supuesta frecuencia con la que el concepto de “colonialismo interno” habría sido utilizado por indianistas y kataristas en los años setenta. Tras revisar diversos documentos disponibles en línea, concluye que apenas uno de ellos menciona expresamente dicho concepto. “Eso es distinto a sostener que era un concepto ‘utilizado con frecuencia’”, remarca.
Respecto a la relación entre indianismo y katarismo, también rechaza la idea de que este último habría incorporado elementos de clase, mientras que el primero se limitaría únicamente a una perspectiva étnica. Para respaldar su punto, cita el “Manifiesto clandestino” del MITKA, en el cual la explotación aparece como resultado de la discriminación, lo que refleja una articulación inversa a la presentada por Roca. “Tal vez la afirmación de Roca responda a un descuido suyo, lo que no sería extraño dada la tremenda ligereza con la que habla sobre estos temas”, sostiene.
El tratamiento de la figura de Fausto Reinaga es otro de los elementos que suscitan observaciones. Según Macusaya, la autora “no se molestó en revisar la autobiografía de Reinaga” y priorizó referencias secundarias como el prólogo de Silvia Rivera al estudio de Gustavo Cruz. De igual forma, cuestiona la falta de mención a obras clave como La revolución india (1970), donde ya se esboza la idea de “Dos Bolivias” atribuida por Roca exclusivamente a Tesis india (1971).
Finalmente, el autor de la crítica denuncia un trato desigual en el abordaje de distintos actores del pensamiento indígena. Señala que mientras Roca cuestiona la “indigenidad” de Reinaga, no hace lo mismo con Silvia Rivera, a quien incluso califica como “intelectual katarista”. “Reinaga está muerto y no puede responderle; mientras que Rivera puede contestarle y sumar un coro de indigenistas del mundo académico que la respaldan por considerarla ‘intelectual subalterna’”, concluye.
LA RESPUESTA DE ROCA
La respuesta de Juanita Roca no se dejó esperar como una «defensa apasionada y airada» frente a lo que considera una campaña de desprestigio liderada por Carlos Macusaya, a quien define como un «influencer/activista». Roca acusa a Macusaya de emitir un juicio sumario y destructivo sobre su obra Bolivia y el movimiento indígena global, sin haberla leído a profundidad. A su juicio, la crítica de Macusaya no solo desacredita su investigación, sino que ignora las múltiples instancias de validación académica por las que ha pasado: desde su defensa doctoral en el Reino Unido hasta su publicación por editoriales de prestigio como Taylor & Francis y Plural Editores.
A lo largo de su pronunciamiento, Roca apela a la autoridad académica y al prestigio editorial como mecanismos para contrarrestar la opinión pública generada por el “informe feisbukero” de Macusaya. Señala con ironía que su trabajo, evaluado por al menos 15 especialistas y traducido cuidadosamente al castellano, ha sido condenado en redes sociales por un “licenciado en comunicación” que, según ella, no ha leído ni el 15% del contenido. Esta comparación se presenta con un claro tono de sarcasmo, descalificando no solo las credenciales del crítico, sino también el medio en el que difunde su crítica (Facebook), el cual es presentado como indigno del debate académico.
Roca denuncia además un respaldo colectivo hacia la crítica de Macusaya por parte de académicos y activistas, a quienes describe como seguidores del “q’ara progre” que supuestamente Macusaya desprecia. En este punto, la autora revela su percepción de una elite intelectual condescendiente y racista, en cuya lógica paradójica se inscribiría el ataque a su obra. Este pasaje es significativo, pues muestra que Roca no solo defiende su libro, sino que intenta situar el debate en el campo del capital simbólico y de la lucha por la legitimidad dentro del campo académico boliviano —donde las etiquetas de «colonial», «indigenista», «académico orgánico» o «intelectual progre» adquieren un peso estratégico.
LA REACCIÓN
Desde la publicación de la crítica demoledora de Macusaya, múltiples intelectuales se han unido a la discusión, Desde Fernando Molina a Quya Reyna y Marina Ari. Hasta el portal Bolivians of Late Capitalism, ha tomado la controversia con humor.
