La literatura minera puede ser prejuzgada y tildada de monótona, sin muchas posibilidades de innovación, siempre enfocadas en aspectos ínfimos de una realidad que nadie tiene en cuenta. Considero que la obra de Víctor Montoya busca redefinir este espacio de la literatura de la región andina apostando por producciones que escapen un poco las formas y temas “estereotipados” y, por ende, juzgados.
El narrador en esta historia lleva el mismo nombre del autor, Víctor Montoya, pero se construye como una persona ajena al mundo de las minas que decide hacer un tour dentro de estas.
Pude concretar una entrevista prefigurada vía mail con este autor. En una de las tantas preguntas, cuestioné la posibilidad de escribir sobre el universo minero sin haberlo experimentado en carne propia, respondiendo, me contó un poco de su historia:
“…yo conozco la mina tanto por dentro como por fuera. Provengo de una familia minera; mi abuelo, mi padre y muchos de mis familiares han sido mineros. Yo mismo, en mi adolescencia y durante mis vacaciones escolares, he ingresado infinidad de veces a la mina. No he trabajado en ella como un obrero regular, pero sí conozco el sistema laboral y todo lo concerniente a la producción minera. De otro modo me hubiese sido difícil escribir sobre el tema.”

Esto me lleva a pensar que, al igual que otros autores, bien podría haber escrito una obra encarnando el rol de un minero.
En este libro, el distanciamiento deliberado del autor con respecto al narrador significa para mí una toma de decisión. Construir al narrador como un extraño frente al mundo minero puede ser una estrategia de divulgación. Entiendo que opera como estrategia para poder dilucidar cuáles son los fundamentos y las dinámicas de dicho mundo, de modo que el potencial lector pueda sentirse identificado con la voz que habla antes que si fuese un “otro” el que está narrando su vida. Si esta fuese su posición, considero que para la divulgación y la circulación del discurso minero (históricamente silenciado) este posicionamiento puede resultar útil. Lo contradictorio, es la búsqueda de visibilización de ese discurso, pero de manera indirecta ya que un “sujeto alterno” al universo minero es el que aprehende y tergiversa el discurso según otras pautas culturales.
David Lagmanovich opta por hablar de “punto de percepción” antes que “punto de vista” para problematizar la figura narradora de un relato. Considero que en el campo de la literatura minera hablar de percepción inexorablemente nos lleva a pensar a los cuerpos que se involucran en la experiencia minera y su reflejo en las producciones escritas.
En la primera parte, el narrador cuenta un poco la historia del Cerro Rico de Potosí desde antes de la Conquista hasta la actualidad, y cómo ese conocimiento “histórico” (conjugado con las leyendas y mitos fundacionales que lo rodean) lo motiva a acercarse a las minas por cuenta propia. Desde esta primera parte ya aparece el sincretismo religioso entre la cosmogonía andina y la occidental, además de la mezcla de relatos provenientes de ambas versiones para explicar cómo fue el mítico descubrimiento u origen de la mina de Potosí. Dentro de estas narraciones historiográficas sobre la historia de Potosí, aparece de manera solapada la figura de la deidad ambivalente del “Tío” de las minas. Al narrador le inquieta esta figura y decide investigarla.

Para hacer más coherente esta construcción del narrador ajeno al universo minero, se destina una zona específica para narrar cómo fue el primer encuentro con este nuevo espacio. El choque de dos realidades que, aunque coexistentes, tienen muy poco en común.
“Una mañana de frío invierno, vestido con guardatojo, botas, overol y lámpara a batería, decidí subir al cerro en compañía de dos guías de turismo, quienes conocían el paraje de uno de los tantos Tíos registrados en las galerías del Sumaj Orq’o.” (pág. 12)
La conciencia sobre la espacialidad y los locus de enunciación (Walter Mignolo) son una de las primeras percepciones que resalta este narrador, quien tiene que empezar un largo periplo desde el centro de la ciudad de Potosí hasta la periferia de los barrios mineros y de ahí, a la mina y el campamento. La geopolítica del conocimiento se condice con la valoración que Occidente hace de los sujetos que viven en zonas periféricas. Desde esta perspectiva, los campamentos mineros son percibidos y entendidos como la “periferia de la periferia”. Dentro de un sistema-mundo cultural que ha sido ninguneado y desvalorizado por Occidente, el universo minero representa justamente un espacio muy alejado de Occidente, por ende, sin valoración o legitimidad.
En un tramo del camino pedregoso y polvoriento abordamos otro minibús que nos acercó hasta la bocamina, donde estaba la cooperativa de un viejo minero.
“En la bocamina, muy cerca de un campamento y un depósito de minerales, lo primero que me sorprendió fue la diminuta estatuilla de un ‘Tío’, que pendía de la roca como un ratón en posición de fuga. Miré en derredor, encendí la lámpara enganchada en el guardatojo y, antecedido por uno de los guías, me interné en la eterna noche de la mina. La bóveda de la galería, sostenida por callapos corroídos, daba la sensación de que podía venirse abajo en cualquier instante.” (págs. 12-13)
Luego de esta introducción, la narración pasa a enfocarse directamente en la figura del “Tío”. La primera impresión que el personaje tiene del “Tío” es bastante detallada y clara, lo que abona la idea de que dentro de su plan escriturario está presente la visibilización del discurso minero:
“El ‘Tío’, de algo más de un metro de alto, se mostró sentado en su trono de roca ante la luz de las lámparas. Estaba hecho de cuarzo y arcilla; tenía el cuerpo de humano y la cabeza de diablo; colmillos afilados, ojos brillosos, orejas puntiagudas y cuernos de toro. Su cuerpo estaba adornado con serpentinas y mixturas, y alrededor de sus pies, parecidos a las pezuñas de un macho cabrío, se extendía una alfombra de hojas de coca y botellas de aguardiente. Su faz diabólica era tan impresionante como su falo, hecho a la medida del mito de que su miembro grueso, largo y erecto no solo sirve para romper las rocas y acceder a la veta, sino también para fecundar a la Pachamama y así premiar a quienes le profesan culto y tributo.” (pág. 14)
Dentro de la mina el narrador habla con los mineros con los que va acompañado y son estos quienes le explican la concepción ambigua del “Tío”, este ser nacido del sincretismo religioso y el choque cultural provocado por la herida colonial de la Conquista. Dice uno de los mineros/guías, intentando explicarle al turista:
“El ‘Tío’, más que ser demonio, es la fusión entre las costumbres indígenas y españolas, un híbrido que no solo representa el mestizaje sino también el sincretismo entre la religión católica y las creencias paganas de las culturas ancestrales. Por lo tanto, contrariamente a lo que muchos se imaginan, el “Tío” es dios y diablo en la concepción ecléctica de los mineros.
Los mineros, cuando están fuera de la mina, son protegidos por el Dios católico, pero cuando están adentro, su suerte queda en manos del “Tío”, un ser implacable con quienes lo tratan mal y dadivoso con quienes lo veneran con respeto y cariño. Los mineros, a tiempo de congraciarse y pedirle los mejores filones de estaño, le rinden pleitesía y le ofrendan hojas de coca, cigarrillo y aguardiente.” (págs. 14-16)
Aunque es la voz del minero la que está hablando, el lenguaje que utiliza y las expresiones considero no son propias de ese ámbito, podemos arriesgar que este personaje, al ser un guía turístico, tiene que adaptar sus variaciones lingüísticas para un interlocutor que no habita el mismo espacio. De alguna manera es la misma estrategia que el autor está haciendo con el lector de este libro.
Debido a la fascinación del protagonista con el “Tío”, este adquiere en un barrio minero una pequeña estatuilla del “Tío” para llevarse como un recuerdo. Una vez en su casa, en El Alto, el verdadero espíritu del “Tío” se manifiesta intercediendo en la figura de la estatuilla. Dentro de todos los temas que charlan, en varios casos están presentes los mitos y leyendas que se cuentan dentro de las minas, sobre apariciones misteriosas, duendes, almas en pena, etc. También hablan sobre temas como el oficio de escribir, la escritura como mecanismo de poder y su contraposición de la oralidad:

“–Algo más —aclaré—, los libros, por medio del poder de la palabra, son armas contra la ignorancia y la incultura.
–No estoy muy de acuerdo con esa afirmación –irrumpió el “Tío”–. Los habitantes del imperio incaico no eran ignorantes porque carecían de libros. Eran sabios en lo suyo, como yo que, con libros o sin ellos, provengo de la tradición oral. Gran parte de mi vida corresponde a la memoria colectiva de los vencidos, quienes recién están reescribiendo la oficies como mi escribano, para que contribuyas a dar un vuelco a la historia oficial escrita por los vencedores y saques a relucir la versión de los vencidos.” (pág. 166)
El libro está dividido o estructurado sobre la base de los temas que discuten el “Tío” y el narrador, sea cual sea el tema, política actual, literatura universal, cuestiones de género, etc. Por las reacciones o formas de pensar y de decir del “Tío”, está presente la intención de representarlo como una deidad ambigua, ni buena ni mala, encargada de cuidar a sus mineros en tanto y en cuanto estos le rindan pleitesía y nunca se olviden de darle sus respectivas ofrendas.
“–De dónde demonios sacaste semejante disparate. Ya te expliqué, una y mil veces, que, en esa extraña dicotomía, en la que Satanás representa el Mal y Dios representa el Bien, no tengo ni arte ni parte. Yo solo tomo partido por los humanos que encarnan tanto el Bien como el Mal.” (pág. 309)
El autor se encarga de poder visibilizar toda la cultura y cosmovisión de los sujetos que viven hoy en Bolivia, pero que traen consigo creencias de antaño. Mostrar este mundo desde la misma voz del “Tío” da otra carga semántica a sus palabras, ya que este personaje es el que experimenta y es causa de todos los rituales y fiestas celebradas alrededor suyo. Para hablar con el “Tío”el mismo interlocutor tiene que llevar a cabo los rituales de invocación, siempre que están hablando hay de por medio hojas de coca o alcohol que son constantemente ofrecidos al “Tío”.

Como ya dijimos antes, está presente la discusión-tensión entre escritura y oralidad, y el “Tío” (una especie de alter-ego del autor) por un lado rescata y quiere que el narrador con quien habla escriba todas las cosas que se cuentan, que sea el “escribano del diablo”, para que así más gente pueda saber, conocer e indagar en estas historias y mitos. Por otro lado, sabe que la escritura presenta desventajas como creer que la única versión correcta es la versión que está escrita, o no permite la constante circulación y vivencia de esas historias a diferencia de cuando son transmitidas de manera oral. En la mayoría de los relatos estas ideas vuelven a la superficie sin llegar a una conclusión o acuerdo, dejando una vez más a la ambigüedad sobreponerse.AEP
