Sucre epítome de los amores y los odios nacionales, está siendo gobernada como temía Demócrito por la “videocracia”, una mala copia del burgomaestre cruceño Mamén Saavedra. La única bandera es indignar gente en redes sociales, denunciar, denunciar, y “darle varilla” a lo que se hizo mal años anteriores. Hoy todos ellos ocupan una curul, o un cargo público, y no están haciendo absolutamente nada distinto a lo que ya hacían antes. La única diferencia es que ahora les pagamos cerca de 300 millones de bolivianos anuales por hacerlo, tomando en cuento el flujo financiero consolidado del gasto corriente, que corresponde al erario público departamental. Básicamente, la gobernación y la alcaldía terminaron financiando opinadores que ya opinaban gratis entre jerarcas, concejales, asambleístas, y voceros.
Lo cierto es que todos los nuevos estimables jerarcas del poder, estuvieron relacionados con el MAS, en sus diferentes ropajes, no únicamente cuando permeaban sus campañas políticas, sino cuando esquilmaban sus corralitos identitarios; por consiguiente, no sé qué es peor: si ser ex masista, o ser converso.
La política y la semiótica están condenados a no poder existir el uno sin el otro, y aunque desconozco la ingeniería exacta de su montaje, tengo clara una verdad universal: siempre será infinitamente más fácil etiquetar al que incomode, ignorarlo o menospreciarlo, que abordar sus planteamientos.
Ya va siendo hora de entender que un líder es alguien que toma decisiones con criterio técnico y conocimiento de causa, no solo con indignación, carisma o visibilidad digital. Entonces si Sucre no termina de aprender la lección, estará condenada a repetir los mismos errores elección tras elección.
Por consiguiente, una de las tareas impostergables consiste en abrir paso a nuevos liderazgos y dejar de rendir servidumbre a los mismos de siempre; dejar de presentar como “héroes nacionales” a los jerarcas de turno, como “connotados analistas políticos” a inefables conversos y, mientras tanto, arrinconar, disciplinar y excluir del debate a todos los demás, condenándolos a no sentarse jamás en esas mesas de análisis tan solemnes como ecuménicas.
Nunca olvidaré, en ese sentido, cuando el propietario de una de las radios más escuchadas de Sucre interrumpió un espacio alquilado que se emitía por su propia señal para dejar sentado, sin vacilaciones, que allí la libertad de expresión era plena, irrestricta, casi sagrada; que no existía censura, mordaza ni condicionamiento alguno… salvo por un detalle menor: lo único que no estaba permitido era hablar mal del alcalde de turno, quien —dicho sea de paso— era “masista”.
Ahora lo escucho desplegando una apología del masismo, que otrora acompañó con la misma soltura con la que facturó silencios y lealtades. Y entonces aparece la paradoja: los mismos que acompañaron al anterior régimen, cuando convenia y lo administraron cuando era rentable, son hoy los que reparten etiquetas de “este fue masista”, porque es inadmisible darle cobertura a alguien que no sea parte de esa extravagante burbuja de sentido, así tenga algo de razón y mérito.
En este certamen de vanidades donde se pretende resolver los problemas y fracturas de una ciudad con videopolítica, uno se pregunta —sin mucho margen para el optimismo— cuándo se pondrá finalmente en funcionamiento la terminal de buses, cuándo se ordenará el servicio de mototaxis, cuándo se uniformarán las tarifas del transporte, cuándo se impulsarán políticas económicas realmente rentables para nuestra ciudad, porque la diferencia es clara: ser masista ya no es lo que era. Los de antes hacían obras —mal hechas muchas veces, defectuosas, improvisadas—, pero las hacían; los de ahora parecen conformarse con describir el desastre, filmarlo, editarlo y devolvernos un video explicándonos aquello que ya sabíamos.
Y si lo señalado en este artículo ha resultado particularmente incómodo para algunos, quizá lo más recomendable sea recurrir a la vieja y confiable fórmula con la que suelen enfrentar todo aquello que les genera malestar: ignorarlo olímpicamente, exactamente del mismo modo en que se ignoran los problemas de Sucre.
